miércoles, 10 de junio de 2009

Es una verdad universalmente reconocida que al hombre soltero, poseedor de fortuna cuantiosa, le hace falta casarse.
Cuando un hombre de esta categoría fija su residencia en una localidad, las familias vecinas, que llevan grabada esa verdad en su inteligencia, le consideran como legítima propiedad de alguna de sus hijas.